10.1.10

Get Smart

Siempre me gustó la serie “El Superagente 86”. Allí se enfrentaban dos organizaciones: Control y Kaos ambas representantes del bien y el mal respectivamente. Siempre la primera logaba desbaratar los planes de dominación mundial de la segunda gracias al torpe pero bonachón Maxwell Smart, que salvaba al mundo a pura casualidad. La serie no era ninguna idea revolucionaria ni los diálogos no eran particularmente ingeniosos, pero se las arreglaba para hacernos sentar una y otra vez frente al televisor.

El otro día estaba pensando en la obsesión que tenemos los seres humanos por lograr imponer el control sobre el caos, la lógica sobre lo aleatorio. Buscamos formas en las estrellas, en las nubes; tratamos de hallar patrones, secuencias lógicas en todo lo que hacemos.

Pero no contentos con luchar una guerra perdida contra la Naturaleza, subimos la apuesta: Intentamos hallar patrones de conducta: “Si fulano hace a, entonces es Z”. Tratamos de inducir, de encontrarle una lógica a las señales que nos mandan o que creemos interceptar furtivamente, en un intento de conseguir una pequeña ventaja en un combate muchas veces sin sentido. Buscamos predecir cuál será el próximo movimiento del otro y no regalarle nada, para que no sepa los nuestros, para no quedar desprotegidos, indefensos, a la intemperie en esta lucha que son las relaciones humanas.

Y no nos damos cuenta que, en realidad, todos nos cubrimos porque en realidad estamos desnudos. Todos hacemos alardes, demostraciones porque somos pequeños, débiles, indefensos. Como cuando éramos chicos, que no podíamos defendernos. Nos asusta esa posibilidad de que nos vuelvan a herir, a decepcionar, a no estar a la altura. En el fondo, todos somos una versión desgastada de nosotros cuando éramos chicos, por eso es que seguimos jugando. Salvo que los juegos, ahora, ya no son tan divertidos.



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